jueves, 4 de noviembre de 2010

El Cuervo comienza a revolotear

La Maldición del Cuervo

Pronto se estrenará la promoción audiovisual de la novela gótica "La Maldición del Cuervo" .

Más información en : http://www.originalsound.es (apartado de eventos)

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Seguimos con... día de Samhain


Somos una familia de costumbres arraigadas. Tanto que cuando tuvimos que emigrar a España por motivos laborales, sufrimos una adaptación dura y penosa. La única manera de traernos un trocito de Irlanda con nosotros fue seguir celebrando nuestras tradiciones. Mantener la cultura irlandesa, al menos de puertas para adentro, se había convertido para nosotros en una obsesión.
Al despertar, en un acto reflejo busqué cualquier rendija de la vieja persiana para adivinar un minúsculo rayo de sol que me hiciera presagiar un bello día de otoño. Di un salto de la cama y me vestí rápidamente para no llegar tarde al desayuno.
-Feliz día de Samhain- dije sin entusiasmo dirigiéndome a toda la familia sentada en torno a la mesa. Esta festividad consistía en celebrar varios festejos a lo largo de toda la semana para conmemorar finalmente el Día de Todos los Santos. Fecha que marcaba en el calendario celta el inicio del nuevo año. En este último día evocábamos a nuestros difuntos que acudían a nuestros hogares para establecer contacto con sus familiares. Se creía que venían del más allá para ponernos sobre aviso de los males que nos estuvieran por llegar.
Hasta la media tarde la familia permanecía junta y acompañada por nuestros Seres queridos, con los que tenían la sensación de comunicarse todos, menos yo. Mi falta de apego a las tradiciones me había forjado un carácter de total incredulidad, por lo que me veía obligado a fingir para no romper el ceremonial de unión de la familia.
Sonó el timbre de la puerta, sobresaltándonos a todos y rompiendo el silencio con el que ofrecíamos el más solemne respeto a la venida de nuestros antepasados.
Un segundo timbre, más prolongado que el primero, me hizo reaccionar y levantarme para atender la llamada.
Eran mis amigos que, como en los dos años anteriores, venían a recogerme para dar un paseo hasta el cementerio. Creyéndome cumplido sobradamente con la tradición, salí por la puerta sin ni siquiera despedirme.
La tarde comenzaba a caer. Los últimos rayos de sol alargaban infinitamente las escuálidas sombras de los cipreses. Los primeros vientos otoñales traspasaban demasiado fácilmente las frágiles vestimentas que nos resistíamos a guardar en el armario en un intento vano de prolongar un verano ya extinguido.
Al entrar en el cementerio, de repente dejé de oír y ver a los amigos. Supongo que sufrí uno de mis muchos despistes y no me di cuenta de que cada cual se había ido a visitar las tumbas en las que reposaban sus familiares difuntos. Imagino que para permanecer junto a ellos durante un rato, al igual que yo había hecho en mi casa. Dispuse de una quincena de minutos para dar un paseo por las calles bellamente adornadas. Llamaron mi atención algunos hipogeos o sepulturas en tierras con una decoración escultural encima de gran valor artístico. Quien hubiera diseñado aquel cementerio estoy seguro que quiso contrarrestar el desánimo que infunde el descanso eterno con la fuerza y vitalidad que exhala la belleza del arte.
Y mientras paseaba absorto por tanta opulencia fúnebre, llegaba a la zona de los panteones. En su mayoría construidos a modo de pequeñas capillas para acoger los restos de hasta cinco difuntos. Inexplicablemente, al pasar junto a uno de ellos sentí que una fuerza incontrolable me atraía hacia la cancela que cerraba el recinto. Agarré con mis manos los fríos barrotes y ajusté mi cara entre ellos para tener una visión más directa de su interior. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y unas enormes ganas de acceder a aquel espacio frío y tenebroso me invadió por dentro. No lográndolo, mi curiosidad tiró de mí para seguir recorriendo otros panteones que alimentaran mi morbosa curiosidad.
Al llegar al penúltimo, me sobresalté al comprobar el estado de limpieza que difería positivamente con el resto de panteones. Incluso me atrevería a decir que, más que limpio, lo habían reconstruido no hacía mucho tiempo. Extrañamente una de las hojas de la cancela estaba ligeramente abierta. Comprobé que mis amigos aún no habían terminado las visitas a sus familiares, por lo que disponía de algunos minutos más para calmar mi sed de curiosidad. Terminé de abrir la puerta y accedía al interior de aquel panteón. Respiré profundamente y el olor a tierra húmeda se me prendió hasta los tuétanos. Me acerqué a uno de aquellos nichos, abierto por el lateral, que habían acicalado a la espera del féretro que algún día debería albergar y posé mi mano sobre el blanco terrazo calizo para sentir la frialdad de la muerte. Desorientado por tantas nuevas sensaciones me dejé llevar una vez más por la curiosidad sin ser consciente del atrevimiento al que me disponía. Subí una pierna y después la otra hasta sentarme encogido en aquella oquedad. La incomodidad de la posición encorvada aceleró que yo adoptara la postura más apropiada a aquel ajustado espacio rectangular. Y me tumbé emparedado por todos los lados, a excepción de mi parte derecha. No puedo negar que un cierto nerviosismo se apoderó de mí. Mis piernas temblaban y mi respiración era entrecortada. Aún así, podía sentir la atmósfera de paz que reinaba en aquella capilla mortuoria. Por un momento tuve la sensación de ser un funámbulo manteniéndome en equilibrio sobre la línea que separaba la vida de la muerte.
De repente el silencio sepulcral se vio interrumpido por las voces de mis amigos. A juzgar por la claridad con la que me llegaban a mí, debían estar a punto de pasar por la cancela del panteón. Aquella oportunidad que se me había presentado no podía desaprovecharla y me dispuse a darles un gran susto. Por un momento estuve apunto de abandonar la idea al oír que sus palabras eran débiles y llorosas. Parecían cansados y hundidos en la desesperación, seguramente, por los recuerdos que habían venido a sus pensamientos durante las visitas a los enterramientos de sus familiares. Esto me hizo titubear en la decisión de seguir con la broma o abortarla. Era inminente el paso de mis amigos. Posiblemente sería mejor esperar a que rebasaran la entrada del pabellón y después yo haría algún ruido para que ellos supieran que había alguien allí dentro.
-¡Hola chicos!- Pero ninguno logró enterarse de mi saludo. –Jaime, Patricia, Juan que estoy aquí. Dentro-. Por fin giraron la cabeza y me miraron de arriba abajo. Sin embargo, la broma no parecía haberles hecho mucha gracia, pues en ningún momento cambiaron el semblante serio y apenado que les confería aquellos ojos lagrimados. Enseguida comprendí que no les debía haber hecho la más mínima gracia mi broma. Ahora tocaba dejar aparte mi profanadora curiosidad y presentar mis disculpas.
Me temo que he debido de pasar demasiado tiempo sobre el frío nicho y se me han adormecido las extremidades. Las piernas no las siento y los brazos, que me los había cruzado sobre el pecho para evitar el frío, tampoco los puedo mover. Mi cuerpo se ha quedado frío y pesa demasiado. Me temo que me estoy empezando a excitar en exceso y empieza a faltarme el aire porque algo me obstruye los orificios nasales. –Pero ¿¡qué me está pasando!?Oídme chicos, echarme una mano para levantarme. No seáis rencorosos conmigo, sólo ha sido una broma. Por favor, ayudadme. No me encuentro bien. No sigáis andando. ¿Por qué me tiráis las flores en lo alto? Oiga señor, no cierre la puerta que estoy aquí dentro. Por Dios, sacadme de aquí, que me asfixio. No os vayáis, no me dejéis sólo…

Al joven Roberto se le hizo la noche eterna. De nada le valieron sus gritos ni los sollozos desesperados. Comprendió que ahora que habían cerrado el cementerio olvidándose de él allí dentro, lo único que podía hacer es esperar a que llegara alguien que lo sacara en cualquier momento. Y fue transcurriendo la noche y Roberto calmándose y aceptando la situación. Unas horas después su cuerpo se había acostumbrado al frío y no le molestaba tanto la cercanía de las paredes de aquel nicho. Por alguna razón su cuerpo se había comenzado a deformar y algunos insectos le empezaban a molestar, pero por todo lo demás bien.

En la casa de los padres de Roberto, la noche del desafortunado Día de Todos los Santos, prometía ser larga y vacía de aquellos ruidos con los que Roberto los despertaba cuando llegaba tarde a casa. La espera hasta el próximo Día de Todos los Santos sería excesivamente dura y larga. Pero allí estarían ellos para volver a abrazar a su hijo, aunque sólo fuera en el pensamiento.
Entre tranquilizantes y palabras de consuelo se reprochaban no haber estado más atentos para que Roberto no cogiera ese día la motocicleta. De nada les había servido prohibírsela coger tras haberles transmitidos esa misma mañana sus Difuntos que algo terrible le podía estar por venir al pequeño.
En la televisión local el noticiario hacía eco del infortunio que había visitado a la familia: “Duelo en la familia McManaman ante la muerte del joven Roberto. El párroco de la localidad ofició un breve responso en el domicilio de la familia en la más estricta intimidad. Después sus compañeros y amigos portaron el féretro a hombros hasta el cementerio de la localidad donde recibió sepultura. Descanse en paz”.

lunes, 25 de octubre de 2010

Última reflexión


Como tantas noches termino el día sentado con el mundo a mis pies y el pensamiento anudado al discurrir de un fin de semana intenso, desconcertante y agotador. Cierro los ojos y me relajo con el armónico sonido del romper de las olas del antiguo mar de Tetis. Me dejo acariciar por los aires fríos de la sierra para sentir el otoño que sigiloso nos lleva al solsticio que aleja el sol hasta el trópico de capricornio. Pero, en mi cabeza, no logro apaciguar la intensa actividad que aún reverbera desde el fin de semana: palabras deshonestas que traslucen la mala fe de terceros; la amistad engordada a base de engaños egoístas; individuos que cegados por el brillo de la avaricia olvidan la generosidad y humildad del compromiso.
Pero por encima de todo prevalece el recuerdo de una de mis escasas y breves visitas al paraíso; al remanso de paz; a la isla de generosidad en mitad de la aridez del desierto. El viernes visité a Mis Amigos, a esos que todo lo dan a cambio de nada. Y allí pude ver ojos brillantes que reflejaban la inocencia, la buena voluntad. En unos minutos y sin palabras me hicieron comprender que es posible la guerra sin víctimas y sin perdedores. Que todos somos iguales en nuestras diferencias, y que la felicidad no está en la abundancia, sino en la comprensión. Queridos Amigos, aunque seguramente nunca os llegarán estas palabras, quiero reflejar en ellas mi agradecimiento por todo lo que me enseñáis en cada pequeña visita; por exhibir la dignidad del Hombre que tan poco se suele ver en estos tiempos; por insuflar fuerza a ese REMOLINOS que provocará el huracán que iniciará la revolución hacia los verdaderos valores del Ser Humano.

LLegado el momento del -hasta pronto-, no de la despedida, os diré que después de dos años de compartir con ustedes mis momentos más íntimos de la reflexión a media noche ha llegado la hora de poner el punto y final. Mentiría si no os dijera que cierta tristeza invade mi interior; que no echaré de menos aporrear el teclado y colgar la reflexión a la espera de abrir cada noche el blog para leer vuestras opiniones, en otros casos recibirlas por correo electrónico; que recibir visitas del otro lado del atlántico me ha hecho sentir muy escuchado. Pero por otro lado, me satisface saber que este final legitima su inicio.
Queridos amigos de la reflexión noctámbula, gracias por estar ahí. Os envío un fuerte abrazo y os lanzo un guiño por si algún día nos volvemos a ver en la red. Y, sobre todo, recordad que a media noche siempre estaré reflexionando con el mundo a mis pies. Y si alguna mala noche de insomnio no os deja dormir, aquí os estaré esperando.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Efecto iceberg


Creer sólo en lo que podemos ver y tocar no elimina la posibilidad de errar en nuestra interpretación. El rictus serio de una persona no tiene porqué condenarla a no sonreír jamás. El árbol pequeño puede agarrarse fuertemente a la tierra con sus grandes raíces. Quizá la piel más negra tenga el corazón más blanco y el mayor de los beatos sea un mal nacido. Y es que la vida es un continuo ir y venir en el que nos vemos obligados a valorar desde la superficialidad y el desconocimiento. Cada vez hay menos relación con el vecino, menos compartir con el prójimo, menos convivir con el resto del mundo. La tendencia a tasar negativamente las interpretaciones no hacen sino exagerar al grado superlativo lo malo que pueda haber en las personas o las cosas. Al final acabamos por desterrar lo positivo que, estoy seguro, es lo que más abunda.
Sería conveniente que empezáramos a pensar que el iceberg que vemos delante nuestra oculta mucho más de lo que nos muestra. Y que en esa parte que subyace a nuestra vista se puede hallar los valores que nos enriquezcan en los intercambios simbióticos de individuos cualesquiera que sea nuestra denominación orgánica.
El problema puede surgir cuando, tras las pupilas, los cristalinos se ensucian, porque entonces la visión también se vuelve oscura. Debe ser muy penoso mirarte al espejo y verte siempre sucio por fuera y sentirse podrido por dentro.

lunes, 4 de octubre de 2010

Verdugos y víctimas


Esta noche no voy a escribir sobre la discriminación de sexos. Tampoco voy a escribir sobre la tiranía que algunos gobiernos ejercen sobre sus naciones. Mucho menos de creencias religiosas, laicas o agnósticas.
Sentado en la confortabilidad de un sistema democrático, suficientemente garantizado, intento divisar el horizonte que se difumina entre las calinas que se desprenden de la miseria humana…Y me pregunto hasta qué punto nosotros somos responsables de las vejaciones que los seres humanos cometemos con nosotros mismos.
Cuando en alguna parte del mundo se prepara un ajusticiamiento aplicando la pena capital, todos nos convertimos en verdugos y víctimas. O, lo que es peor, mientras los que llamamos el tercer mundo permanecen inmovilizados por las cadenas del hambre y la miseria, los demás permanecemos ciegamente pasivos con los ojos vendados por la opulencia y el confort. Los remordimientos los purificamos con unos golpes en el pecho delante del televisor a la hora del noticiario.
Me temo que cuando una soga vuelva a estrechar un cuello, a lo que realmente estará estrangulando será al sistema. La caída hacia el desnucamiento del falso reo luxará los huesos de una columna vertebral cada vez más débil para sostener la supervivencia humana. Finalmente el cuerpo se retorcerá entre espasmos que precederán a los últimos estertores. El último y despreciable hálito de vida proporcionará un sentimiento desesperado al moribundo Después, muerte; su muerte; nuestra muerte. Principio del final.

No a la condena a muerte de Sakineh Mohammadi. Sí a un juicio con garantías de verdadera justicia.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Acantilados


Queridos amigos de la reflexión nocturna, disculpen mi silencio. Fui a dar un paseo.
Y salí a dar el paseo para oxigenar la sangre que andaba un poco viciada por la polución de lo ordinario. Comencé a andar y andar. Y no paré hasta que mis pies no pudieron dar un solo paso más por falta de firme. Estaba al borde de un gran acantilado mirando de frente el Mar Cantábrico, o La Mar para tantos astures que cada día se adentran en sus peligrosas entrañas para sacar de ellas el sustento diario. Me subí a una piedra para prolongar la línea vertical que conformaban sus rocas e intentar formar parte de él. Miré hacia abajo y pude sentir la fuerza de las olas que rompían contras las primeras peñas, y que, en una instantánea metamorfosis, transformaban la contundencia del agua en una fina cortina de minúsculas gotas que se disipaban en el aire. Y pude sentir en mí, ahora que también era parte del acantilado, el poder de contención de aquella inmensa masa de agua. Las ráfagas de aire marino aventaban mi ropa que flameaba como las banderas de los alpinistas que hacen cumbre. La emoción de sentirme acantilado erguía mi cabeza y mis ojos se levantaban al cielo cerrándolos en ceremonial de agradecimiento. Por dentro, tuve que retener un deseo irrefrenable de saltar al vacío porque quería volar y sentirme etéreo. En pleno éxtasis advertí una presencia junto a mí. Unos metros por encima de mi cabeza, una gaviota se mantenía en equilibrio jugando con las corrientes de aire sin mover sus alas. No pude por menos que desplegar en horizontal mis brazos para acompañarla planeando sobre vientos y mareas, dominando desde las alturas como ella, pero manteniendo los pies en el suelo.
Habiendo tenido la oportunidad de vivir tan extraordinaria experiencia, dí un paso atrás para romper la continuidad del acantilado y recuperar mi propia identidad.
En adelante, cada vez que me sienta frágil ante la adversidad, me acordaré de aquel día que fui un robusto acantilado.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Visiones, casualidades y otras habilidades.


La noche había sido turbulenta. Durante las pocas horas que logré dormir, continuas pesadillas rancias se sucedían entrecortadas por misteriosas visiones futuristas que distorsionaban aún más la poca coherencia que pudiera desprenderse de esos sueños. Por fin, el ruido del despertador ayudó a diluir la inquietud provocada por las ensoñaciones entre las brumas mañaneras de un inusual fresco día del tórrido verano que nos castiga.
Agotado por el falso descanso nocturno hube de tirarme de la cama para levantarme entre gestos oxidados y aturdidos pensamientos que no logré dejar enredados entre las sábanas. Ahora, sentado en la terraza, me convencía a mí mismo de la imposibilidad del ser humano para predecir la intangibilidad del futuro. Puedo ser materialista, desconfiado, o quizá aburrido, pero no creo en los futurólogos ni en los visionarios.
Unos minutos más tarde, tras un no recomendado breve desayuno, me dispuse a iniciar la rutina laboral diaria. Gracias a la clemencia meteorológica pude utilizar mi bicicleta como medio de transporte. Todo un placer circular en bici protegido por las refrescantes sombras de la arboleda del parque. Recibir y ofrecer saludos directamente, sin bocinas intermediarias ni ademanes sordomudos, te hacen disfrutar de la convivencia cercana y amistosa. Y en ello andaba cunado unas manos en alto reclamaban mi atención para dirigirme un sentido saludo de un padre que, sentado en un banco junto a su hija, descansaba del largo paseo mañanero. –Buenos días, amigo Rafa-, me decía junto a otras aduladoras palabras que excitaban mi timidez. Durante unos minutos recordamos buenos momentos, bromeamos y reímos, Y entre risas, -Rafa, infla la rueda trasera y deja de preocuparte por ella-, me dijo visionando la preocupación que reverdecía en mí desde que, tras salir de casa, me dí cuenta de la falta de presión del neumático, teniendo en cuenta las horas que aún tardaría en regresar para inflarlo. Evidentemente no pude evitar adoptar un gesto de admiración por lo sucedido. Él, sólo sonrió. Un momento de silencio para reflexionar lo sucedido fue suficiente para buscar una explicación racional: cualquier persona de curiosidad insolente se habría dado cuenta de que la goma de la rueda trasera se aplastaba contra el asfalto más de lo habitual por no poder soportar mi peso.
Una leve muesca de sonrisa precedió a una broma con la que retomé la normalidad que nunca debió de alejarse de mis pensamientos por tan insignificante comentario. Y seguimos dejando fluir la amistad entre ambos, aunque apremiaba una forzada despedida dado que llegaba tarde a mi destino. Al igual que el saludo de bienvenida, generosas palabras para la despedida. Y entre ellas, buenos deseos para desearme bien en esta nueva contienda, literaria, en la que me hallo inmerso. – Ah! Espero que dediques muchos libros con la bonita estilográfica que tienes guardada en tu casa-, me dijo con mucha naturalidad mientras me miraba fijamente a los ojos. Un fuerte pellizco a la maneta frenó en seco el primer impulso de la pedalada con la que iniciaba la marcha. El escaso medio metro recorrido me obligó a girar la cabeza para recuperar el contacto visual con aquel hombre que había hecho referencia a la estilográfica que compré en Irlanda y que tengo guardada entre algodones para, con ella, firmar mi primera publicación. Por única explicación encontré la usual liturgia de cualquier escritor novel en el duro y difícil camino hacia la publicación. Seguramente, tras la larga noche de sueños que había tenido, me encontraba algo susceptible favoreciendo la fuerte impresión que me causó. Él volvía a dirigirme una sonrisa cómplice mientras yo volvía a empujar con fuerza el pedal para no llegar tarde al trabajo. Ó quizá para alejarme de cualquier otro pensamiento que me hiciera pasar otra mala noche de pesadillas.

¿Realidad? ¿Ficción? Qué más da. Yo sigo manteniendo mi incredulidad hacia estos temas, pero sí concluyo de lo sucedido pensando que: fuertes dosis de lógica y casualidad, combinadas, pueden llegar a confundir el rigor de la racionalida