lunes, 6 de diciembre de 2010

Aún podemos desandar el camino


Esta noche la insistente niebla vuelve a ocultar la belleza del paisaje. Durante el día la creciente crisis de valores, económica o de sistema se hace insoportable para la fragilidad humana que ha alcanzado el estado de bienestar y se niega a mirar hacia atrás. Todos andamos preocupados por un futuro inestable que amenaza con hacernos perder el trabajo. Por consecuencia, nos veremos obligados a suprimir las ansiadas vacaciones y endurecer las salidas ociosas a bares, cines o restaurantes. Quizás, hasta abocarnos a la austeridad en los continuos excesos que tan perjudiciales son para nuestra salud física y psíquica. Pero no debemos tener miedo al receso del bienestar, porque su necesaria dosificación nos hará recuperar la dosis apropiada de medicina que nos libere de la bulimia consumista que tanto daño nos hace.

martes, 30 de noviembre de 2010

Fuerzas ocultas


Nadie tiene un salvoconducto que le garantice protección absoluta. Todos nos vemos influenciados por las corrientes de energías que navegan invisibles por los distintos lugares por los que nos movemos. Por ello, se hace imprescindible saber canalizar hacia nosotros sólo aquellas que nos puedan aportar bien, y esquivar las que con su negatividad sólo nos sumen en el mal. Y, en esa locura, que pensarán aquellos que profesan la doctrina del escepticismo de lo no material, me hallo. De momento, la conclusión a la que he llegado es que cada vez que se desprende mala energía, en igual cantidad se desprende buena. Sin embargo, mucho me temo que no es fácil empresa trabajar en la mina a la búsqueda del filón del positivismo.
Mi torpeza para aventar el trigo y desligarle la paja, me ha hecho recurrir a técnicas más sencillas como buscar grandes generadores de energías positivas y absorber de ellos toda cuanto pueda, hasta colmar las necesidades. Da igual el momento y lugar en el que te encuentres, porque siempre habrá un paisaje, una persona o algo que te pueda cargar de energía positiva.

…hice un alto en el camino para descansar. Me apoyé en la barandilla y me dejé impregnar por la fuerte energía que se desprendía de aquel lugar. Las frías y embarradas aguas del Támesis parecían querer ocultar las siniestras fechorías del siniestro Londres de Jack, que reposaban en el fondo de su lecho. La corriente, retenida por el empuje de la pleamar del Mar del Norte, parecía reverenciar al colosal Parlamento a su paso bajo el puente de Westminster. Las campanadas del Big Ben le marcaban el ritmo pausado y majestuoso…
Aún cunado miro la fotografía recibo esa buena influencia que me ayuda a contrarrestar las bazofias del día a día.

Esta reflexión es la única contestación que puedo ofrecer a tu correo, amigo M. No sé si con ella te he podido ayudar, o, por el contrario, confundirte más. Sólo puedo garantizarte que seguiré aquí esperando para compartir contigo los malos momentos por los que, injustamente, estás pasando. Un abrazo.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Noche de niebla


Noche de niebla. Espesa, húmeda, fría se arrastra por tejados y calles. Los espacios abiertos se vuelven íntimos. Los íntimos en lugares ocultos. Lo cercano, tenue. Lo lejano invisible. Sumido en ella, parece, pero no es. Digamos que la realidad se vuelve insegura.
La niebla ha protegido a los autores de sanguinolentos asesinatos; ha provocado accidentes catastróficos…Es por lo que en noches de niebla salgo a pasear. Me gusta observar la maldad disuelta entre sus brumas; casi ver, sin casi ser visto; disfrutar de la intensidad urbana amortiguada por las blanquecinas nubes a ras de suelo; hacerme mudo cómplice del misterioso velo vaporoso que sube del valle en su lento avance hacia la sierra.
-…he oído un grito…- volvemos a sumirnos en el tangente silencio…

jueves, 4 de noviembre de 2010

El Cuervo comienza a revolotear

La Maldición del Cuervo

Pronto se estrenará la promoción audiovisual de la novela gótica "La Maldición del Cuervo" .

Más información en : http://www.originalsound.es (apartado de eventos)

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Seguimos con... día de Samhain


Somos una familia de costumbres arraigadas. Tanto que cuando tuvimos que emigrar a España por motivos laborales, sufrimos una adaptación dura y penosa. La única manera de traernos un trocito de Irlanda con nosotros fue seguir celebrando nuestras tradiciones. Mantener la cultura irlandesa, al menos de puertas para adentro, se había convertido para nosotros en una obsesión.
Al despertar, en un acto reflejo busqué cualquier rendija de la vieja persiana para adivinar un minúsculo rayo de sol que me hiciera presagiar un bello día de otoño. Di un salto de la cama y me vestí rápidamente para no llegar tarde al desayuno.
-Feliz día de Samhain- dije sin entusiasmo dirigiéndome a toda la familia sentada en torno a la mesa. Esta festividad consistía en celebrar varios festejos a lo largo de toda la semana para conmemorar finalmente el Día de Todos los Santos. Fecha que marcaba en el calendario celta el inicio del nuevo año. En este último día evocábamos a nuestros difuntos que acudían a nuestros hogares para establecer contacto con sus familiares. Se creía que venían del más allá para ponernos sobre aviso de los males que nos estuvieran por llegar.
Hasta la media tarde la familia permanecía junta y acompañada por nuestros Seres queridos, con los que tenían la sensación de comunicarse todos, menos yo. Mi falta de apego a las tradiciones me había forjado un carácter de total incredulidad, por lo que me veía obligado a fingir para no romper el ceremonial de unión de la familia.
Sonó el timbre de la puerta, sobresaltándonos a todos y rompiendo el silencio con el que ofrecíamos el más solemne respeto a la venida de nuestros antepasados.
Un segundo timbre, más prolongado que el primero, me hizo reaccionar y levantarme para atender la llamada.
Eran mis amigos que, como en los dos años anteriores, venían a recogerme para dar un paseo hasta el cementerio. Creyéndome cumplido sobradamente con la tradición, salí por la puerta sin ni siquiera despedirme.
La tarde comenzaba a caer. Los últimos rayos de sol alargaban infinitamente las escuálidas sombras de los cipreses. Los primeros vientos otoñales traspasaban demasiado fácilmente las frágiles vestimentas que nos resistíamos a guardar en el armario en un intento vano de prolongar un verano ya extinguido.
Al entrar en el cementerio, de repente dejé de oír y ver a los amigos. Supongo que sufrí uno de mis muchos despistes y no me di cuenta de que cada cual se había ido a visitar las tumbas en las que reposaban sus familiares difuntos. Imagino que para permanecer junto a ellos durante un rato, al igual que yo había hecho en mi casa. Dispuse de una quincena de minutos para dar un paseo por las calles bellamente adornadas. Llamaron mi atención algunos hipogeos o sepulturas en tierras con una decoración escultural encima de gran valor artístico. Quien hubiera diseñado aquel cementerio estoy seguro que quiso contrarrestar el desánimo que infunde el descanso eterno con la fuerza y vitalidad que exhala la belleza del arte.
Y mientras paseaba absorto por tanta opulencia fúnebre, llegaba a la zona de los panteones. En su mayoría construidos a modo de pequeñas capillas para acoger los restos de hasta cinco difuntos. Inexplicablemente, al pasar junto a uno de ellos sentí que una fuerza incontrolable me atraía hacia la cancela que cerraba el recinto. Agarré con mis manos los fríos barrotes y ajusté mi cara entre ellos para tener una visión más directa de su interior. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y unas enormes ganas de acceder a aquel espacio frío y tenebroso me invadió por dentro. No lográndolo, mi curiosidad tiró de mí para seguir recorriendo otros panteones que alimentaran mi morbosa curiosidad.
Al llegar al penúltimo, me sobresalté al comprobar el estado de limpieza que difería positivamente con el resto de panteones. Incluso me atrevería a decir que, más que limpio, lo habían reconstruido no hacía mucho tiempo. Extrañamente una de las hojas de la cancela estaba ligeramente abierta. Comprobé que mis amigos aún no habían terminado las visitas a sus familiares, por lo que disponía de algunos minutos más para calmar mi sed de curiosidad. Terminé de abrir la puerta y accedía al interior de aquel panteón. Respiré profundamente y el olor a tierra húmeda se me prendió hasta los tuétanos. Me acerqué a uno de aquellos nichos, abierto por el lateral, que habían acicalado a la espera del féretro que algún día debería albergar y posé mi mano sobre el blanco terrazo calizo para sentir la frialdad de la muerte. Desorientado por tantas nuevas sensaciones me dejé llevar una vez más por la curiosidad sin ser consciente del atrevimiento al que me disponía. Subí una pierna y después la otra hasta sentarme encogido en aquella oquedad. La incomodidad de la posición encorvada aceleró que yo adoptara la postura más apropiada a aquel ajustado espacio rectangular. Y me tumbé emparedado por todos los lados, a excepción de mi parte derecha. No puedo negar que un cierto nerviosismo se apoderó de mí. Mis piernas temblaban y mi respiración era entrecortada. Aún así, podía sentir la atmósfera de paz que reinaba en aquella capilla mortuoria. Por un momento tuve la sensación de ser un funámbulo manteniéndome en equilibrio sobre la línea que separaba la vida de la muerte.
De repente el silencio sepulcral se vio interrumpido por las voces de mis amigos. A juzgar por la claridad con la que me llegaban a mí, debían estar a punto de pasar por la cancela del panteón. Aquella oportunidad que se me había presentado no podía desaprovecharla y me dispuse a darles un gran susto. Por un momento estuve apunto de abandonar la idea al oír que sus palabras eran débiles y llorosas. Parecían cansados y hundidos en la desesperación, seguramente, por los recuerdos que habían venido a sus pensamientos durante las visitas a los enterramientos de sus familiares. Esto me hizo titubear en la decisión de seguir con la broma o abortarla. Era inminente el paso de mis amigos. Posiblemente sería mejor esperar a que rebasaran la entrada del pabellón y después yo haría algún ruido para que ellos supieran que había alguien allí dentro.
-¡Hola chicos!- Pero ninguno logró enterarse de mi saludo. –Jaime, Patricia, Juan que estoy aquí. Dentro-. Por fin giraron la cabeza y me miraron de arriba abajo. Sin embargo, la broma no parecía haberles hecho mucha gracia, pues en ningún momento cambiaron el semblante serio y apenado que les confería aquellos ojos lagrimados. Enseguida comprendí que no les debía haber hecho la más mínima gracia mi broma. Ahora tocaba dejar aparte mi profanadora curiosidad y presentar mis disculpas.
Me temo que he debido de pasar demasiado tiempo sobre el frío nicho y se me han adormecido las extremidades. Las piernas no las siento y los brazos, que me los había cruzado sobre el pecho para evitar el frío, tampoco los puedo mover. Mi cuerpo se ha quedado frío y pesa demasiado. Me temo que me estoy empezando a excitar en exceso y empieza a faltarme el aire porque algo me obstruye los orificios nasales. –Pero ¿¡qué me está pasando!?Oídme chicos, echarme una mano para levantarme. No seáis rencorosos conmigo, sólo ha sido una broma. Por favor, ayudadme. No me encuentro bien. No sigáis andando. ¿Por qué me tiráis las flores en lo alto? Oiga señor, no cierre la puerta que estoy aquí dentro. Por Dios, sacadme de aquí, que me asfixio. No os vayáis, no me dejéis sólo…

Al joven Roberto se le hizo la noche eterna. De nada le valieron sus gritos ni los sollozos desesperados. Comprendió que ahora que habían cerrado el cementerio olvidándose de él allí dentro, lo único que podía hacer es esperar a que llegara alguien que lo sacara en cualquier momento. Y fue transcurriendo la noche y Roberto calmándose y aceptando la situación. Unas horas después su cuerpo se había acostumbrado al frío y no le molestaba tanto la cercanía de las paredes de aquel nicho. Por alguna razón su cuerpo se había comenzado a deformar y algunos insectos le empezaban a molestar, pero por todo lo demás bien.

En la casa de los padres de Roberto, la noche del desafortunado Día de Todos los Santos, prometía ser larga y vacía de aquellos ruidos con los que Roberto los despertaba cuando llegaba tarde a casa. La espera hasta el próximo Día de Todos los Santos sería excesivamente dura y larga. Pero allí estarían ellos para volver a abrazar a su hijo, aunque sólo fuera en el pensamiento.
Entre tranquilizantes y palabras de consuelo se reprochaban no haber estado más atentos para que Roberto no cogiera ese día la motocicleta. De nada les había servido prohibírsela coger tras haberles transmitidos esa misma mañana sus Difuntos que algo terrible le podía estar por venir al pequeño.
En la televisión local el noticiario hacía eco del infortunio que había visitado a la familia: “Duelo en la familia McManaman ante la muerte del joven Roberto. El párroco de la localidad ofició un breve responso en el domicilio de la familia en la más estricta intimidad. Después sus compañeros y amigos portaron el féretro a hombros hasta el cementerio de la localidad donde recibió sepultura. Descanse en paz”.

lunes, 25 de octubre de 2010

Última reflexión


Como tantas noches termino el día sentado con el mundo a mis pies y el pensamiento anudado al discurrir de un fin de semana intenso, desconcertante y agotador. Cierro los ojos y me relajo con el armónico sonido del romper de las olas del antiguo mar de Tetis. Me dejo acariciar por los aires fríos de la sierra para sentir el otoño que sigiloso nos lleva al solsticio que aleja el sol hasta el trópico de capricornio. Pero, en mi cabeza, no logro apaciguar la intensa actividad que aún reverbera desde el fin de semana: palabras deshonestas que traslucen la mala fe de terceros; la amistad engordada a base de engaños egoístas; individuos que cegados por el brillo de la avaricia olvidan la generosidad y humildad del compromiso.
Pero por encima de todo prevalece el recuerdo de una de mis escasas y breves visitas al paraíso; al remanso de paz; a la isla de generosidad en mitad de la aridez del desierto. El viernes visité a Mis Amigos, a esos que todo lo dan a cambio de nada. Y allí pude ver ojos brillantes que reflejaban la inocencia, la buena voluntad. En unos minutos y sin palabras me hicieron comprender que es posible la guerra sin víctimas y sin perdedores. Que todos somos iguales en nuestras diferencias, y que la felicidad no está en la abundancia, sino en la comprensión. Queridos Amigos, aunque seguramente nunca os llegarán estas palabras, quiero reflejar en ellas mi agradecimiento por todo lo que me enseñáis en cada pequeña visita; por exhibir la dignidad del Hombre que tan poco se suele ver en estos tiempos; por insuflar fuerza a ese REMOLINOS que provocará el huracán que iniciará la revolución hacia los verdaderos valores del Ser Humano.

LLegado el momento del -hasta pronto-, no de la despedida, os diré que después de dos años de compartir con ustedes mis momentos más íntimos de la reflexión a media noche ha llegado la hora de poner el punto y final. Mentiría si no os dijera que cierta tristeza invade mi interior; que no echaré de menos aporrear el teclado y colgar la reflexión a la espera de abrir cada noche el blog para leer vuestras opiniones, en otros casos recibirlas por correo electrónico; que recibir visitas del otro lado del atlántico me ha hecho sentir muy escuchado. Pero por otro lado, me satisface saber que este final legitima su inicio.
Queridos amigos de la reflexión noctámbula, gracias por estar ahí. Os envío un fuerte abrazo y os lanzo un guiño por si algún día nos volvemos a ver en la red. Y, sobre todo, recordad que a media noche siempre estaré reflexionando con el mundo a mis pies. Y si alguna mala noche de insomnio no os deja dormir, aquí os estaré esperando.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Efecto iceberg


Creer sólo en lo que podemos ver y tocar no elimina la posibilidad de errar en nuestra interpretación. El rictus serio de una persona no tiene porqué condenarla a no sonreír jamás. El árbol pequeño puede agarrarse fuertemente a la tierra con sus grandes raíces. Quizá la piel más negra tenga el corazón más blanco y el mayor de los beatos sea un mal nacido. Y es que la vida es un continuo ir y venir en el que nos vemos obligados a valorar desde la superficialidad y el desconocimiento. Cada vez hay menos relación con el vecino, menos compartir con el prójimo, menos convivir con el resto del mundo. La tendencia a tasar negativamente las interpretaciones no hacen sino exagerar al grado superlativo lo malo que pueda haber en las personas o las cosas. Al final acabamos por desterrar lo positivo que, estoy seguro, es lo que más abunda.
Sería conveniente que empezáramos a pensar que el iceberg que vemos delante nuestra oculta mucho más de lo que nos muestra. Y que en esa parte que subyace a nuestra vista se puede hallar los valores que nos enriquezcan en los intercambios simbióticos de individuos cualesquiera que sea nuestra denominación orgánica.
El problema puede surgir cuando, tras las pupilas, los cristalinos se ensucian, porque entonces la visión también se vuelve oscura. Debe ser muy penoso mirarte al espejo y verte siempre sucio por fuera y sentirse podrido por dentro.