sábado, 31 de julio de 2010

Así comenzó todo...

Me acerqué lentamente por entre la densa arboleda y agazapado tras un enorme tronco presencié la escalofriante escena: cuatro hombres de media edad, armados con aperos de labranza, vociferaban improperios a un único hombre, también de mediana edad, que manoseaba constantemente como queriéndose defender de los insultos que parecían punzarles las carnes.
Mi situación era bastante comprometida por verme en la obligación de salir en auxilio del aquel hombre que parecía en peligro. Opté por dejarme ver, sin acercarme en exceso, para provocar la huída de los agresores al verse descubiertos. Justo en ese momento, la víctima, que era vapuleada como un pelele, dio un paso atrás para, tras tropezar con alguna piedra, caer al suelo. Por un momento se hizo el silencio durante aquella tormenta de insultos, amenazas y empujones, pues el pobre hombre se quedó inmóvil con los ojos fijos, como queriendo buscar un trozo de cielo entre la espesa capa homogénea que conformaban las ramas de los árboles. Uno de los asaltantes se acercó y le tocó la mejilla para hacerlo reaccionar. Todos quedamos perplejos al comprobar un hilo de sangre que le salía de la sien y le chorreaba por la mejilla hasta gotear sobre una pequeña piedra. Ambos cuatro, en silencio y a toda prisa recogieron sus herramientas de trabajo para salir en huída del lugar del crimen que ellos mismos habían provocado. Al cruzarse conmigo me propinaron un fuerte empujón que me derribó impidiéndome verles las caras. Rápidamente me levanté y acudí al cuerpo inerte que aún estaba caliente…

-¡Hemos acabado!-, les grité entusiasmado, después de dos horas de grabación sólo para obtener una escena de muy pocos segundos.
Ellos, creo, también entusiasmados porque se habían divertido con aquella experiencia que durante unas horas los había trasladado a la Irlanda profunda para, con un chasquido de dedos, volver a retomar sus vidas.
Por eso es bonito vivir historias escritas y representarlas ante una cámara, cualesquiera que sea la profesionalidad del objetivo que los graba.
No podía acabar sin agradecerles el esfuerzo que han realizado para mi proyecto a Paco, Demetrio, Rafa, Juan e Ismael que con la mayor de las pasiones me ayudaron a escribir un nuevo capítulo de “La Maldición del Cuervo”.

domingo, 25 de julio de 2010

Reconquistando Hornachuelos


Al igual que ocurrió en otros tiempos, la Plaza de Armas de la fortaleza meloja ha permanecido asediada por los deseos de muchos ciudadanos empeñados en disfrutar de su belleza arquitectónica y riqueza histórica. El viernes, 23 de julio, a voz en grito se llamaba a las armas al Pueblo acantonado extramuros que impasible esperaba la rendición de lo ilógica pasividad ciudadana que deja a la deriva del olvido tan grandioso lugar al alcance de muy pocos reinados culturales.
La apertura de un pequeño acceso por la puerta norte, junto al acceso habitual intramuros, provocaba cierta debilidad defensiva que contrarrestaba el desbordado almacenamiento del aljibe que garantiza el abastecimiento para muchos meses, fortaleciendo la defensa de los asediados.
Durante toda la semana ha habido movimientos que hacían presagiar el levantamiento.
Algunos estamentos sociales, como el Hogar de Mayores, velaban armas dispuestos a reconquistar la fortificación. Y, con ella, el disfrute de tan bello espectáculo flamenco en el marco histórico-artístico del que fue el núcleo principal de tan importante castillo.
Llegado el momento, los Mayores coparon las posiciones en primera línea de batalla para mantener un cuerpo a cuerpo con los artistas que, engrandecidos por los aplausos, se excedían en el repertorio. Por el flanco este del escenario, sobre el aljibe, se adentraron las fuerzas más jóvenes para custodiar el abastecimiento tanto del abundante caudal acuífero, como de los bebederos habilitados para la ocasión.
Finalmente, tras más de dos horas de taconeos, palmas y voces resquebrajadas se izó la bandera del éxito para dar por conseguida la reconquista deseada.
Desde estas líneas hacemos un llamamiento a la prudencia en la embriaguez que se suele derivar de todo éxito, pues aún muchas otras batallas quedan por librar en la reconquista de todos los tesoros que permanecen latentes en el municipio a la espera de su rescate. ¡Así será!

domingo, 18 de julio de 2010

Tras el fuego... la desolación


Hoy volvemos a ver el mercurio sobrepasar los 44º a la sombra. La Sierra, pese a mantener el verdor propio de finales de primavera, gracias a las abundantes lluvias con las que hemos sido obsequiados en el período estival, corre grave peligro de incendios. El abundante hierbazal podría actuar en cualquier momento como yesca y provocar una catástrofe ecológica y humana de la que difícilmente se recuperaría en muchos años. Los diferentes operativos que actuarían sobre el posible incendio permanecen alertados y expectantes a sabiendas que todos los años hay asegurada varias salidas.
¡Suena la emisora! Todo se pone en marcha. Un retén del INFOCA es helitransportado directamente a la línea de fuego para componer el primer frente contra el avance del incendio. Seguidamente despegan otros medios aéreos que esparcirán diferentes soluciones para asfixiar las llamas. Varios retenes más, transportados a vehículos, se desplazan por carretera junto a las Agrupaciones de Protección Civil y responsables de la Agencia de Medioambiente. A partir de aquí, se establece la coordinación entre los grupos y la estrategia a seguir. Y, ahora, sólo queda la extrema prudencia, las decisiones de los jefes de grupos acertadas y la esperanza de sofocar lo antes posible el fuego reduciendo al máximo las pérdidas ecológicas y económicas…

Hace un calor sofocante. El mono ignífugo me salva de ser devorado por las llamas pero me ahoga en mi propio sudor. El casco me incomoda la visión. Al menos me toca llevar la manguera que me hace sentir fuerte ante el avance de las llamas. La tierra a mi alrededor tiembla. Los compañeros que se afanan en golpear las llamas con los bate fuegos se ven ridículos ante gigantescas llamaradas que, aliadas con el fuerte viento, avanzan reduciendo a brasa cuanto se interpone en su camino. Ensordecidos por los chasquidos de la naturaleza prendida en llamas no escuchamos la sirena de la avioneta que avisa de la descarga aérea que pretende soltar en la misma zona que actúa el personal. Rápidamente al suelo, cabeza hacia abajo y protegida por los brazos para evitar que la fuerza del líquido al caer rompa un rama y la rama rompa nuestra cabeza. Este momento es increíble porque en cuestión de un par de segundos se deja de estar en el infierno gracias a una fuerte ráfaga de agua y viento que provoca momentáneamente un cese inmediato del calor y el ruido para, al levantar la cabeza, ver aplacada toda combustión. Aún queda mucho frente por extinguir pero ahora apagarlo sí lo cremos posible.
Horas después de mucho esfuerzo y tenacidad, el incendio se considera controlado y llega el momento de pasar a la segunda fase de refrescar la zona para evitar que alguna llama escondida bajo algún rescoldo vuelva a reavivar la catástrofe.
La policía científica, gracias a la videncia que proporciona ciertos detalles de la catástrofe, localiza rapidísimamente el lugar en el que se ha iniciado el incendio y comienza la investigación para localizar las causas del mismo.
Antes de recoger el material, echamos una última mirada atrás para desmoralizarnos con el desolador paisaje. Arboleda que necesitó de tantos años para crecer, ahora sólo son troncos quemados junto a algunos animalillos incinerados dibujando un cuadro de terror que representa un bodegón de muerte que invita a la desesperanza.
En nuestras cabezas la impotencia y la rabia de saber que algo de todos se ha quemado por el poco cuidado de algún desaprensivo o el funesto interés de algún desgraciado.
Lo único bueno que se puede sacar de esos infiernos artificiales es el gesto de generosidad gratuita de Pepe, Diéguez, Juan, Paco, los hermanos Ismael y Rafael, Valeriano y otros tantos que suben escarpadas laderas, insuflan generosidad y transmiten la esperanza de saber que incluso estando al borde del abismo siempre habrá alguien que desde el anonimato te tienda la mano para ayudarte.
Gracias.

sábado, 10 de julio de 2010

¡Podemos!


Aficionados futboleros, ciudadanos de a pie, el país en general, permanece en latente estado de euforia a la espera de levantar junto a Casillas el trofeo de campeones del mundo. Las calles engalanadas con la insignia nacional parecen presagiar la fiesta tras la final del próximo domingo.
Y todo justo cuando el escepticismo de valores, posiblemente nacido de la fuerte crisis que padecemos, parecía estar desatando los lazos de unión de todo el país. Ahora, gracias al Mundial todo el mundo creemos que “PODEMOS”, que podemos derrotar a Holanda; que podemos salir renovados, fuertes y victoriosos de la crisis; que podemos vencer al terror de extremismos armados; que podemos … podemos…podemos…
Todos con la Roja mientras cantamos: -yo soy español, español, español…yo soy español, español, español…

sábado, 3 de julio de 2010

La bondad de los aspersores


Esta tarde paseaba por las tierras de la Almarja cuando quedé hipnotizado por cientos de aspersores que regaban unos naranjitos recién sembrados. Y allí estaban, inmóviles al avance. Girando una y otra vez sobre sí mismos hasta desbordar la monotonía; hasta ahogar a una misma tierra; quizá hasta siempre si no deja de fluir el líquido elemento por el cordón umbilical de hierro que los une.
Tan sólo unos pocos segundos me bastaron para comprender lo triste que debía ser su existencia, esparcir un puñado de agua para que se la trague la sedienta tierra.
Hube de hacer un gran esfuerzo para comprender que su esclavizado cometido era imprescindible para que lo cultivado prosperase en aquel severo secano, para más inri del implacable ajusticiamiento de un sol que dilataba el mercurio más allá de los cuarenta y cinco grados.
La sucesión de pensamientos que me producía aquella imagen, me provocaron un espasmo de frío que recorrió mi espina dorsal. Gracias a él, conseguí salir de aquel campo magnético que atrapaba mis pensamientos. Eché un último vistazo a aquellos pobres aspersores que provocaban aquella triste y falsa lluvia artificial, y me dispuse a proseguir mi camino.
Ahora no logro quitarme aquella imagen de mi cabeza. La sensación de impotencia por saber que mañana volverán a estar allí. Permanecerán impertérritos a la ventisca, a la nieve, al frío…siempre dispuestos a dar vueltas sobre sí mismos, siempre echando agua, siempre dando vida a cambio de perder la suya.
Quizá yo nunca pueda llegar a ser aspersor, pero siempre dedicaré palabras de agradecimientos a los que sí escogieron el camino de sacrificarse por los demás dando su propia vida si fuera necesario.

lunes, 28 de junio de 2010

La culpa es de Allan Poe


Edgar nunca se conformó con seccionar con el bisturí de su pluma las entrañas de sus víctimas literarias. Le era insuficiente la profanación del descanso eterno y, por eso, hacía regresar las almas encolerizadas para horrorizar al desconcertado mundo terrenal. Siempre desenterrando las raíces del terror para exponerlas impúdicamente a la sensibilidad de la inocencia, la moralidad y la razón.
La tendencia gótica parece proliferar en la actualidad transgrediendo los límites de la ficción para acentuarse en los -modus vivendi- de las nuevas generaciones. No es suficiente marcar una tendencia. Hay que llevarla hasta su grado extremo. Y los extremos están demasiado cerca del final y del principio. ¿A cual de ellos nos estaremos acercando?

Disculpad mi osadía, pero me he atrevido a escribir una pequeña historieta de terror, cuyas letras, en su humildad, homenajeen al maestro, Edgar Allan Poe.


…mi hastioso comportamiento se debía a mi deplorable situación laboral que amenazaba prorrogarse hacia el infinito. Dispuesto a todo me embutí en mi traje de gusano para arrastrarme por la caridad de los departamentos de contratación de cualquier empresa. Por fin, cuando estaba apunto de hundirme en la desesperación, fui rescatado por –Funeraria, “Nuevo amanecer”-. Mi nuevo empleo me hizo sentir útil y entusiasta. A mis múltiples acreedores, felices.
Pasados unos meses fui ascendido a jefe de almacén del tanatorio de la ciudad. Clasificar los ataúdes y llenarlos con los acicalados y fríos muertos era mi principal cometido. Mirar cara a cara a la muerte cada día y a cada momento, me había hecho desarrollar una habilidad especial para propiciar bromas a mis compañeros y reírme de ellos con la única intención de airear la solemnidad del cargado ambiente de la morgue. Cambiaba los féretros del lugar designado para los que iban al horno crematorio para obligar a los porteadores a abrirlos y verles las caras a los difuntos. Mis cadavéricos cómplices jamás alguno se lo tomó a mal. E incluso, aliados a mis propósitos, provocaban grotescos sonidos gaseosos que asemejaban ruidos esperpénticos del más allá … Lo cierto y verdad es que me divertía mucho en aquel trabajo tan serio. Por fin, la vida volvía a ser generosa conmigo.
Después de estar toda la semana preparándolo, me dispuse a darle el susto que se merecían los porteadores que, al igual que yo, les gustaban mucho las bromas.
Diez minutos con anterioridad a las cuatro de la tarde, me apresuré a colocar, en el lugar habitual, la caja que debía contener el cuerpo sin vida del anciano, en cuya última voluntad había dejado recogido su intención de ser incinerado. Sin embargo, no fue así como sucedió. El fiambre permanecía en la cámara frigorífica y fui yo quien ocupó su lugar en el ataúd. Ahora, sólo debía esperar a que en breves instantes los inocentes chavales cargaran con el ataúd para que, llegado el momento, yo abriera la tapa y me levantara resucitado.
Tras largos minutos de espera, la caja comenzó a moverse. El camino hasta el horno era largo. Necesitaba calmar mis ansias y esperar a que llegáramos a la otra parte del tanatorio para, a solas, hacer efectiva la venganza de aquel tremendo susto que, ellos, me habían dado a penas unas semanas antes. El sonido del rotundo golpear de puertas metálicas que se cierran, supongo que las de entrada al edificio contiguo, me despertaron de mi fugaz cabezada. Y es que el concienzudo acabado interior de los féretros garantizaba el descanso eterno, y también el fugaz. Ahora, sólo debía contar hasta diez antes de destapar bruscamente la tapadera para darles el susto de sus vidas. Podía imaginar sus ojos salidos abruptamente de sus órbitas oculares; sus arrítmicos corazones queriéndose salir de sus pechos; el pavor dibujado en sus rostros al enfrentarse con la muerte…
Cuando me disponía a empujar la tapadera, un silbido precedió al asfixiante calor. Las intensas llamaradas penetraron por la fragilidad del ataúd y el interior del horno se convirtió en dominio de lucifer.

martes, 22 de junio de 2010

Jefe Sioux


Últimamente me hallo en el continuo caminar hacia la búsqueda de respuestas, como: ¿por qué el hombre destruye la naturaleza que necesitamos para vivir?, ¿por qué el hombre a menudo actúa de predador del hombre?, ¿por qué, el hombre, ansia el poder del dinero, cuando éste no hace si no hacerle más pobre de espíritu?, ¿por qué…?
Pero, por más que recorro los senderos de la reflexión y la sabiduría de los libros, nunca encuentro una respuesta que me convenza para seguir creyendo en él.
Sin embargo, en el momento menos esperado, mientras paseaba por la plaza, situada entre Avda. del Mediterráneo y Montes de Málaga, una hermosa melodía marcaba el ritmo de mis pasos atrayéndome poderosa e irremediablemente hacia un tumulto de gentes. Los allí presentes, embelezados, disfrutaban de la música étnica de varios Sioux que intentaban recaudar algunas monedas entre plumas y artilugios representativos de su cultura y discos de sus canciones, por supuesto, ataviados debidamente para el espectáculo.
Uno de ellos, el que destacaba más por su voz y su flauta, me dirigió su mirada profunda, abierta y sincera. Más de diez segundo hicimos coincidir nuestras pupilas estableciendo una conexión más allá de lo que podían ver los que también, allí presentes, lo miraban, o mejor dicho, lo escuchaban. Por un momento me centré en esa mirada extraña y bienhechora, para ver a través de sus ojos a sus ancestros viviendo en campamentos y armonizados con la madre naturaleza.
A través de sus ojos me trasladé justo delante de El Jefe de la tribu, que no parecía alertado por mi extraña y amenazante presencia. Con movimientos lentos y contundentes se llevó la mano al corazón para ofrecerme su amistad pacífica y la voluntad de compartir conmigo cuanto tenían. En ningún momento me pidió nada a cambio. La diferencia de mis ropajes, idioma o color blanquecino de la piel no fue obstáculo alguno de entendimiento.
Yo, sintiéndome agasajado por lo inusual de la situación, máxime viniendo del S. XXI, quise corresponderle de alguna forma. Y le hice un gesto, al igual que él, cargado de amistad y entendimiento. Con una sonrisa dibujada en su mirada el Jefe Sioux selló nuestra amistad más allá de la diferencia de nuestras lenguas, más allá de nuestro color de piel, más allá de nuestras diferencias…
Y, sin darme cuenta, me encontré de nuevo en aquella plaza mirando fijamente al joven que terminaba una canción con la mirada afable que seguramente había heredado de sus antepasados.
Ahora vuelvo a creer en el Hombre. Ya no busco respuestas porque el Jefe Sioux me hizo comprender que Nosotros y Nuestros Semejantes somos la respuesta a todas las preguntas. Que el Ser Humano es la confederación de razas, idiomas y sexos. Que el Ser Humano es lo bueno y lo malo, el sí y el no…Que debemos creer en la mayoría, que siempre se impondrá a la minoría. Que el Hombre es excelencia de bondad, aunque algunas veces se le olvide.