miércoles, 3 de noviembre de 2010

Seguimos con... día de Samhain


Somos una familia de costumbres arraigadas. Tanto que cuando tuvimos que emigrar a España por motivos laborales, sufrimos una adaptación dura y penosa. La única manera de traernos un trocito de Irlanda con nosotros fue seguir celebrando nuestras tradiciones. Mantener la cultura irlandesa, al menos de puertas para adentro, se había convertido para nosotros en una obsesión.
Al despertar, en un acto reflejo busqué cualquier rendija de la vieja persiana para adivinar un minúsculo rayo de sol que me hiciera presagiar un bello día de otoño. Di un salto de la cama y me vestí rápidamente para no llegar tarde al desayuno.
-Feliz día de Samhain- dije sin entusiasmo dirigiéndome a toda la familia sentada en torno a la mesa. Esta festividad consistía en celebrar varios festejos a lo largo de toda la semana para conmemorar finalmente el Día de Todos los Santos. Fecha que marcaba en el calendario celta el inicio del nuevo año. En este último día evocábamos a nuestros difuntos que acudían a nuestros hogares para establecer contacto con sus familiares. Se creía que venían del más allá para ponernos sobre aviso de los males que nos estuvieran por llegar.
Hasta la media tarde la familia permanecía junta y acompañada por nuestros Seres queridos, con los que tenían la sensación de comunicarse todos, menos yo. Mi falta de apego a las tradiciones me había forjado un carácter de total incredulidad, por lo que me veía obligado a fingir para no romper el ceremonial de unión de la familia.
Sonó el timbre de la puerta, sobresaltándonos a todos y rompiendo el silencio con el que ofrecíamos el más solemne respeto a la venida de nuestros antepasados.
Un segundo timbre, más prolongado que el primero, me hizo reaccionar y levantarme para atender la llamada.
Eran mis amigos que, como en los dos años anteriores, venían a recogerme para dar un paseo hasta el cementerio. Creyéndome cumplido sobradamente con la tradición, salí por la puerta sin ni siquiera despedirme.
La tarde comenzaba a caer. Los últimos rayos de sol alargaban infinitamente las escuálidas sombras de los cipreses. Los primeros vientos otoñales traspasaban demasiado fácilmente las frágiles vestimentas que nos resistíamos a guardar en el armario en un intento vano de prolongar un verano ya extinguido.
Al entrar en el cementerio, de repente dejé de oír y ver a los amigos. Supongo que sufrí uno de mis muchos despistes y no me di cuenta de que cada cual se había ido a visitar las tumbas en las que reposaban sus familiares difuntos. Imagino que para permanecer junto a ellos durante un rato, al igual que yo había hecho en mi casa. Dispuse de una quincena de minutos para dar un paseo por las calles bellamente adornadas. Llamaron mi atención algunos hipogeos o sepulturas en tierras con una decoración escultural encima de gran valor artístico. Quien hubiera diseñado aquel cementerio estoy seguro que quiso contrarrestar el desánimo que infunde el descanso eterno con la fuerza y vitalidad que exhala la belleza del arte.
Y mientras paseaba absorto por tanta opulencia fúnebre, llegaba a la zona de los panteones. En su mayoría construidos a modo de pequeñas capillas para acoger los restos de hasta cinco difuntos. Inexplicablemente, al pasar junto a uno de ellos sentí que una fuerza incontrolable me atraía hacia la cancela que cerraba el recinto. Agarré con mis manos los fríos barrotes y ajusté mi cara entre ellos para tener una visión más directa de su interior. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y unas enormes ganas de acceder a aquel espacio frío y tenebroso me invadió por dentro. No lográndolo, mi curiosidad tiró de mí para seguir recorriendo otros panteones que alimentaran mi morbosa curiosidad.
Al llegar al penúltimo, me sobresalté al comprobar el estado de limpieza que difería positivamente con el resto de panteones. Incluso me atrevería a decir que, más que limpio, lo habían reconstruido no hacía mucho tiempo. Extrañamente una de las hojas de la cancela estaba ligeramente abierta. Comprobé que mis amigos aún no habían terminado las visitas a sus familiares, por lo que disponía de algunos minutos más para calmar mi sed de curiosidad. Terminé de abrir la puerta y accedía al interior de aquel panteón. Respiré profundamente y el olor a tierra húmeda se me prendió hasta los tuétanos. Me acerqué a uno de aquellos nichos, abierto por el lateral, que habían acicalado a la espera del féretro que algún día debería albergar y posé mi mano sobre el blanco terrazo calizo para sentir la frialdad de la muerte. Desorientado por tantas nuevas sensaciones me dejé llevar una vez más por la curiosidad sin ser consciente del atrevimiento al que me disponía. Subí una pierna y después la otra hasta sentarme encogido en aquella oquedad. La incomodidad de la posición encorvada aceleró que yo adoptara la postura más apropiada a aquel ajustado espacio rectangular. Y me tumbé emparedado por todos los lados, a excepción de mi parte derecha. No puedo negar que un cierto nerviosismo se apoderó de mí. Mis piernas temblaban y mi respiración era entrecortada. Aún así, podía sentir la atmósfera de paz que reinaba en aquella capilla mortuoria. Por un momento tuve la sensación de ser un funámbulo manteniéndome en equilibrio sobre la línea que separaba la vida de la muerte.
De repente el silencio sepulcral se vio interrumpido por las voces de mis amigos. A juzgar por la claridad con la que me llegaban a mí, debían estar a punto de pasar por la cancela del panteón. Aquella oportunidad que se me había presentado no podía desaprovecharla y me dispuse a darles un gran susto. Por un momento estuve apunto de abandonar la idea al oír que sus palabras eran débiles y llorosas. Parecían cansados y hundidos en la desesperación, seguramente, por los recuerdos que habían venido a sus pensamientos durante las visitas a los enterramientos de sus familiares. Esto me hizo titubear en la decisión de seguir con la broma o abortarla. Era inminente el paso de mis amigos. Posiblemente sería mejor esperar a que rebasaran la entrada del pabellón y después yo haría algún ruido para que ellos supieran que había alguien allí dentro.
-¡Hola chicos!- Pero ninguno logró enterarse de mi saludo. –Jaime, Patricia, Juan que estoy aquí. Dentro-. Por fin giraron la cabeza y me miraron de arriba abajo. Sin embargo, la broma no parecía haberles hecho mucha gracia, pues en ningún momento cambiaron el semblante serio y apenado que les confería aquellos ojos lagrimados. Enseguida comprendí que no les debía haber hecho la más mínima gracia mi broma. Ahora tocaba dejar aparte mi profanadora curiosidad y presentar mis disculpas.
Me temo que he debido de pasar demasiado tiempo sobre el frío nicho y se me han adormecido las extremidades. Las piernas no las siento y los brazos, que me los había cruzado sobre el pecho para evitar el frío, tampoco los puedo mover. Mi cuerpo se ha quedado frío y pesa demasiado. Me temo que me estoy empezando a excitar en exceso y empieza a faltarme el aire porque algo me obstruye los orificios nasales. –Pero ¿¡qué me está pasando!?Oídme chicos, echarme una mano para levantarme. No seáis rencorosos conmigo, sólo ha sido una broma. Por favor, ayudadme. No me encuentro bien. No sigáis andando. ¿Por qué me tiráis las flores en lo alto? Oiga señor, no cierre la puerta que estoy aquí dentro. Por Dios, sacadme de aquí, que me asfixio. No os vayáis, no me dejéis sólo…

Al joven Roberto se le hizo la noche eterna. De nada le valieron sus gritos ni los sollozos desesperados. Comprendió que ahora que habían cerrado el cementerio olvidándose de él allí dentro, lo único que podía hacer es esperar a que llegara alguien que lo sacara en cualquier momento. Y fue transcurriendo la noche y Roberto calmándose y aceptando la situación. Unas horas después su cuerpo se había acostumbrado al frío y no le molestaba tanto la cercanía de las paredes de aquel nicho. Por alguna razón su cuerpo se había comenzado a deformar y algunos insectos le empezaban a molestar, pero por todo lo demás bien.

En la casa de los padres de Roberto, la noche del desafortunado Día de Todos los Santos, prometía ser larga y vacía de aquellos ruidos con los que Roberto los despertaba cuando llegaba tarde a casa. La espera hasta el próximo Día de Todos los Santos sería excesivamente dura y larga. Pero allí estarían ellos para volver a abrazar a su hijo, aunque sólo fuera en el pensamiento.
Entre tranquilizantes y palabras de consuelo se reprochaban no haber estado más atentos para que Roberto no cogiera ese día la motocicleta. De nada les había servido prohibírsela coger tras haberles transmitidos esa misma mañana sus Difuntos que algo terrible le podía estar por venir al pequeño.
En la televisión local el noticiario hacía eco del infortunio que había visitado a la familia: “Duelo en la familia McManaman ante la muerte del joven Roberto. El párroco de la localidad ofició un breve responso en el domicilio de la familia en la más estricta intimidad. Después sus compañeros y amigos portaron el féretro a hombros hasta el cementerio de la localidad donde recibió sepultura. Descanse en paz”.

5 comentarios:

  1. Me alegro mucho que hayas seguido con tu blog. ¡Y de qué forma!

    Felicidades

    Un abrazo

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  2. ¡Sorpresa!, aunque te reconozco que nunca había perdido la esperanza. De hecho sigo abriendo tu blog con la alegría de encontrarme algo. Buena costumbre ésta de leerte y encontrarnos. Me alegro por tu insistencia. ¡Congratulations!

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  3. MUY BIEN RAFA, SABÍA QUE CONTINUARÍAS LA SENDA QUE HABÍAS ABIERTO CON TU BLOG.
    TE SEGUIREMOS LEYENDO Y REFLEXIONANDO CONTIGO

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  4. Aunque no hubiera continuado con el blog, cada noche que me sentara a media noche os hubiera sentido a mi lado. Gracias por estar ahí.

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