Ayer, mientras leía plácidamente en la terraza y disfrutaba emocionadamente de cualquier historia, un hormigueo recorría mis dedos, por lo que hube de soltar el libro para hacer algunos estiramientos.
Minutos después volvía a tener cierta sensación extraña al sentir suaves punzadas en las yemas. Nuevamente me vi forzado a congelar la acción, en la que un villano se disponía a dar muerte a su frágil víctima, para inspeccionar mis dos extremidades. Misteriosamente una vez había soltado el libro todo parecía desaparecer, ni hormigueo ni punzadas ni nada, todo normal.
Retomando la lectura, pero ahora con cierta atención a lo que pudiera sentir sobre mis manos, no tuve más remedio que pasar por el injusto y abominable asesinato encolerizándose mis emociones virtuales. Paralelamente mis sensaciones táctiles volvían a sentir las punzadas, si cabe, ahora con más fuerza.
Cerré el libro intentando sesgar la escena dantesca que resonaba en mi cabeza, también la tensión que me provocaba las sensaciones que se hacían patentes en mis manos.
Después de darle muchas vueltas a lo ocurrido, por fin, comprendí y relacioné todo lo sucedido. Cada vez que cogía en mis manos el libro, yo le transplantaba parte de mi corazón para darle vida propia, compartiendo en perfecta comunión las sensaciones que él me tenía por ofrecer y yo por recibir.
Ahora sé que cada vez que un libro se abre, aunque sólo sea por un momento, intercambia vida con su lector. A más implicación del que lo disfruta, mayores sensaciones creará para devolvérnosla a través de sus líneas.
Justamente las acciones positivas revierten reciprocidad sobre el que las genera.
Minutos después volvía a tener cierta sensación extraña al sentir suaves punzadas en las yemas. Nuevamente me vi forzado a congelar la acción, en la que un villano se disponía a dar muerte a su frágil víctima, para inspeccionar mis dos extremidades. Misteriosamente una vez había soltado el libro todo parecía desaparecer, ni hormigueo ni punzadas ni nada, todo normal.
Retomando la lectura, pero ahora con cierta atención a lo que pudiera sentir sobre mis manos, no tuve más remedio que pasar por el injusto y abominable asesinato encolerizándose mis emociones virtuales. Paralelamente mis sensaciones táctiles volvían a sentir las punzadas, si cabe, ahora con más fuerza.
Cerré el libro intentando sesgar la escena dantesca que resonaba en mi cabeza, también la tensión que me provocaba las sensaciones que se hacían patentes en mis manos.
Después de darle muchas vueltas a lo ocurrido, por fin, comprendí y relacioné todo lo sucedido. Cada vez que cogía en mis manos el libro, yo le transplantaba parte de mi corazón para darle vida propia, compartiendo en perfecta comunión las sensaciones que él me tenía por ofrecer y yo por recibir.
Ahora sé que cada vez que un libro se abre, aunque sólo sea por un momento, intercambia vida con su lector. A más implicación del que lo disfruta, mayores sensaciones creará para devolvérnosla a través de sus líneas.
Justamente las acciones positivas revierten reciprocidad sobre el que las genera.






